Mateo 1-4
Años después, se encontraba Juan predicando a la gente, y les decía que se volvieran a Dios pues muy pronto su reino sería establecido. Juan era la persona de quien habló el profeta Isaías cuando anunció la llegada de un mensajero que predicaría acerca de Jesús. Juan usaba ropa tejida con pelo rústico de camello y llevaba puesto un cinturón de cuero alrededor de la cintura, comía saltamontes y miel silvestre. Muchos iban a oír a Juan, llegaban no sólo de los alrededores del río Jordán, sino también de la región de Judea y de Jerusalén; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el río. Juan reprendió a los fariseos y saduceos, pues éstos creían que serían salvos simplemente porque eran descendientes de Abraham, pero el Bautista les dijo que para poder huir de la ira divina que se acercaba, debían demostrar con su forma de vivir que se habían arrepentido de sus pecados y habían vuelto a Dios. Juan bautizaba con agua a los que se arrepentían de sus pecados y se volvían a Dios, pero pronto llegaría el ungido que sería superior a él, tan superior que Juan ni siquiera se consideraba digno de ser su esclavo y de llevarle las sandalias. Él los bautizaría con el Espíritu Santo y con fuego. Luego Jesús fue de Galilea al río Jordán para que Juan lo bautizara, y aunque Juan al principio intentó convencerlo de que él no podía bautizarlo sino al contrario, finalmente aceptó hacerlo pues ambos debían cumplir con lo que Dios había encomendado. Después del bautismo, mientras Jesús salía del agua, los cielos se abrieron y vio al Espíritu de Dios que descendía sobre él como una paloma; y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. Luego de esto, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo; y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. A Él vino el tentador, pero Jesús, reprendiéndolo tres veces, lo hizo huir de su presencia (amo ese pasaje), entonces el diablo se fue, y llegaron ángeles a cuidar al Señor. Cuando Jesús oyó que habían arrestado a Juan, salió de Judea y regresó a Galilea; primero fue a Nazaret, luego salió de allí y siguió hasta Capernaúm, junto al mar de Galilea, en la región de Zabulón y Neftalí. De esta forma se iban cumpliendo las profecías que Dios había anunciado por medio de Isaías, de que toda la gente de esas regiones que se encontraba en oscuridad, y que vivía en la tierra donde la muerte arrojaba su sombra, iba a ver brillar una gran luz. Simón, también llamado Pedro, y Andrés su hermano, quienes eran pescadores, fueron los primeros seguidores de Jesús; luego, más adelante, lo siguieron Santiago y Juan; y todos, dejando sus trabajos y familias se convirtieron en sus discípulos. Jesús viajó por toda la región de Galilea enseñando en las sinagogas, anunciando la Buena Noticia del reino, y sanando a la gente de toda clase de enfermedades y dolencias. Las noticias acerca de él corrieron y llegaron tan lejos como Siria, y pronto la gente comenzó a llevarle a todo el que estuviera enfermo; y Él los sanaba a todos, cualquiera fuera la enfermedad o el dolor que tuvieran, o si estaban poseídos por demonios, o eran epilépticos o paralíticos. Numerosas multitudes lo seguían a todas partes: gente de Galilea, de las Diez Ciudades, de Jerusalén, de toda Judea y del oriente del río Jordán.
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