lunes, 17 de octubre de 2016

La Biblia en un año #Dia255


Amós 8-9

El rústico pero obediente profeta Amós, tuvo otra visión, el canastillo de la fruta de verano. En esta visión, Amós vio una cesta llena de fruta madura y Dios le dijo que al igual que esa fruta, Israel estaba listo para el castigo. Él ya no volvería a demorar la sanción que les había prometido, y en ese día, el canto en el templo se convertiría en lamento; habría cadáveres tirados por todas partes, y los que quedasen vivos serían llevados fuera de la ciudad en silencio. Después de leer acerca del comportamiento de los israelitas para este tiempo, hay una palabra con la que podría describirlos: Estafadores. Ellos robaban al pobre y pisoteaban al necesitado; pesaban el grano con medidas falsas y engañaban al comprador con balanzas fraudulentas. El grano que vendían lo mezclaban con los deshechos barridos del piso, y por una moneda o un par de sandalias convertían en esclavos a los pobres. Por estas y otras razones el Señor estaba completamente decepcionado, y prometió no olvidar todas las cosas perversas que los hebreos habían hecho; una vez que cumpliera con sus planes de juicio, la tierra temblaría y todos estaría de duelo. En este tiempo, después de haber rechazado la palabra de Dios mediante los profetas, la gente deambularía de mar a mar y vagaría de frontera a frontera en busca de la palabra del Señor, pero no la encontrarían; a plena luz de mediodía toda la tierra iba a oscurecerse y las celebraciones de los israelitas se convertirían en lamentos, y su cantar en llanto.

Luego tuvo Amós otra visión del Señor, quien estaba de pie junto al altar y dijo: Golpea la parte superior de las columnas del templo para que los cimientos se sacudan. Derriba el techo sobre las cabezas de la gente. Mataré a espada a los que sobrevivan. ¡Nadie escapará! Los israelitas correrían y se esconderían, pero donde estuviesen, el Señor los buscaría y los encontraría; aunque se ocultaran en el fondo del océano, allí les enviaría a la serpiente marina para que los mordiera. Aunque sus enemigos los llevasen al destierro, allí ordenaría a la espada que los matara. El Señor estaba decidido a enviarles un terrible desastre y a no ayudarlos más. El Dios todopoderoso se encontraba vigilando a la nación de Israel y había prometido eliminarlos de la faz de la tierra, no obstante, Él también prometió y siempre promete redención y salvación para los justos. Él mismo dijo: sacudiré a Israel junto con las demás naciones como se sacude el grano en un cernidor, sin embargo, ningún grano verdadero se perderá. Así que hoy recuerda: Mantente como un grano verdadero y no te perderás. Los pecadores morirían a filo de espada, pero el Señor también anunció mediante a Amós, el mismo compromiso de renovación de su pacto que había anunciado mediante los demás profetas. En aquellos días, el mismo Dios restauraría con sus manos la casa de David, y repararía sus muros dañados. Las ruinas, las reedificaría y recuperaría su gloria anterior. El Señor traería nuevamente a Israel de su cautiverio en tierras lejanas, y levantaría sus ciudades que en ruinas para que volvieran a vivir en ellas. Todos los israelitas plantarían de nuevo sus viñedos y huertos, comerían sus cosechas y beberían su vino. El Señor los plantaría firmemente en su propia tierra, de la cual, nunca mas serían desarraigados. Dijo Dios, todopoderoso.



La Biblia en un año #Dia254

Amós 6-7

Ciertamente la casa de Israel se había convertido en una nación fastuosa, llena de riquezas materiales, lujos y excesos; en palabras del profeta Amós sus habitantes pasaban el día recostados en lujosas camas de marfil y comiéndose lo mejor del ganado; bebían vino hasta emborracharse, y usaban los más finos perfumes; para nada les importaba la gran ruina espiritual que consumía poco a poco a la nación, y que los llevaría finalmente a la desgracia. Las ofensas a Dios habían cobrado tanta fuerza, que parecía que mientras más altas posiciones de enriquecimiento y fortuna adquirían, más sucumbían en una profunda decadencia espiritual. El Señor pondría fin a sus falsas fiestas religiosas donde solo abundaba en paganismo y el adulterio, y haría que todos en Samaria y Judá fuesen a la cabeza de los que irían a cautividad. Dios, el todopoderoso, claramente ha dicho: Ya no quiero a los israelitas, se sienten muy orgullosos de sus hermosos palacios; por eso voy a entregarlos a ellos y a su ciudad, en manos de sus enemigos. Aunque ellos se sintieran grandes, poderosos e invencibles, pues su ceguera y amor al dinero los había hecho presa de toda amargura y soberbia, todo al paso de Dios sería destruido; tanto los palacios, como las casas grandes y también las pequeñas; Dios mismo levantaría un pueblo que los hiciera pagar por sus pecados y transgresiones, una nación más poderosa aún que los conquistaría; y así, finalmente iban a poder entender, que Dios en quien gobierna.

Amós era un hombre de rudimentos, un simple agricultor y recogedor de higos que debió enfrentar a Israel durante una fuerte opulencia financiera; y además, se encontraba profetizando en el reino del norte (Israel), perteneciendo él al reino del sur (Judá); sin embargo, nada de esto le impidió ser obediente al llamado que Dios le hizo, y asimismo, se solidarizó con este pueblo clamando al Señor por misericordia para todos ellos. el Señor le había permitido a Amós observar en visiones la plaga de saltamontes que estaba por lanzar sobre los campos de Israel; cuando Amós vio que los saltamontes se estaban comiendo hasta la hierba rogó a Dios fuertemente: ¡Perdona a tu pueblo señor! Somos un pueblo muy pequeño y no vamos a sobrevivir. Entonces Dios sintió compasión de ellos y se retractó de enviar esa plaga. Entonces Dios permitió a Amós ver el fuego con que pensaba castigarlos, ese fuego quemaría toda la tierra, y también lo más profundo del mar. Pero Amós rogó nuevamente a Dios: ¡No lo hagas, Dios mío! ¿Cómo vamos a sobrevivir, si somos un pueblo tan pequeño? Entonces Dios sintió nuevamente compasión de ellos y decidió no mandar fuego contra ellos. Dios le permitió ver una plomada de albañil, y le dijo que con esa plomada vería si su pueblo iba a comportarse correctamente. Ya no los perdonaría, destruiría a los pequeños pueblos donde adoraban a sus dioses falsos y declararía la guerra en contra de la familia del rey Jeroboam. Un sacerdote de Betel, llamado Amasías, le dijo al rey que Amós estaba haciendo planes en su contra y que decía que el rey moriría en batalla y que todos los habitantes de Israel serían llevados cautivos a otro país. Además le dijo Amasías a Amós que se largara de su nación y se fuese de regreso a Judá. Amós no tuvo miedo de Amasías, y le respondió que él no era profeta, que se ganaba la vida cuidando ganado y cosechando higos silvestres; pero que si ahora profetizaba era porque Dios mismo le pidió que anunciara ese mensaje en contra de Israel. Amós le dio además otro mensaje a Amasías de parte de Dios: En esta misma ciudad tu mujer se volverá prostituta, y tus hijos y tus hijas morirán atravesados por la espada. Otros se quedarán con tus tierras, tú morirás lejos de tu patria, y los israelitas serán llevados a un país muy lejano.

La Biblia en un año #Dia253

                                                     
       
Amós 3-5

Hay dos hechos característicos en estos capítulos que leeremos en el día de hoy: El Señor se había manifestado como el rugido de un león, e Israel seguía sin aprender. El desastre no llegaría a la ciudad de Samaria de forma espontanea, pues el Señor no hace nada sin una correcta planificación; eso ya lo sabemos. De hecho, el Señor Soberano nunca hace nada sin antes revelar sus planes a sus siervos, los profetas. Entonces, el león había rugido, ¿quién no tendría miedo? Dios había había hablado, así que, ¿Quién de sus profetas podía negarse a proclamar su mensaje? El reino de Israel se había olvidado de cómo hacer lo correcto, dijo el Señor; sus fortalezas estaban llenas de riquezas obtenidas por el robo y la violencia; por lo tanto, dijo el Señor soberano, un enemigo los rodearía y destrozaría, y luego saquearía todas sus defensas. La religiosidad es como un cáncer, y sino es atacado a tiempo, finalmente destruirá a quien haya sido contaminado con él; a los israelitas les encantaba hacer cosas para demostrar que tenían una relación con Dios cuando realmente no era así, presentaban sus ofrendas, ofrecían la décima parte de sus cosechas, y anunciaban los sacrificios voluntarios; sin embargo, tenían un corazón perverso e incrédulo que los alejaba del Dios vivo, y este, repito, es el peor cáncer de todos. El Señor manifestó odio ante todos sus grandes alardes y pretensiones, la hipocresía de sus festivales religiosos y asambleas solemnes les parecía repulsivas; no quería aceptar sus ofrendas quemadas ni sus ofrendas de granos, ni siquiera prestaba atención a sus ofrendas selectas de paz, pues Él conocía muy bien la enorme cantidad de sus pecados y la profundidad de sus rebeliones. Para el Señor, la alabanza de los israelitas, no significaba más que un ruidoso canto sin sentido. 

Ante una, dos, tres, cuatro, cinco y no se cuantas advertencias más de parte de Dios sin recibir ningún tipo de cambio de conducta en sus hijos, decidió finalmente tomar decisiones más extremas; pues con el Señor se aprende o se aprende. Como hijos, también recibimos muchas alertas de nuestros padres terrenales ante uno u otro comportamiento desagradable, y sino abandonamos ese comportamiento y nos convertimos en hijos obedientes, el castigo inevitablemente va a hacerse patente; no porque tus padres no te amen, no porque se gocen en reprenderte, sino porque simplemente no quisiste atender a los primeros llamados hechos con amor en forma de precaución. Recordemos que, todo padre al hijo que ama, disciplina. Ahora los israelitas debían prepararse para encontrarse con Dios de una manera mas desafiante, ya el estaba indignado, decepcionado, hastiado de su mal comportamiento; por tanto, traería sobre todos ellos los desastres anunciados, Él pasaría por Israel como un fuego, los devorará completamente, y nadie sería capaz de apagar las llamas. El Señor fue quien creó las estrellas y transformó la oscuridad en luz; Él levantó el agua de los océanos y la vertió como lluvia sobre la tierra; con poder y deslumbrante velocidad destruía a los poderosos y aplastaba todas sus defensas. Llanto, lamento y gemidos sería lo único que se escucharía en cada plaza y en cada calle del pueblo, pues el Señor todopoderoso ya había decidido hacerlos pagar por su maldad. Clamarían por la salvación de Dios, pero su llegada solo sería para cumplir su juicio, y ese día no sería un día de luz, sino un día de terrible oscuridad.

viernes, 14 de octubre de 2016

La Biblia en un año #Dia252

    Amós 1-2

El hecho de que el contenido de estos libros de profecías menores sea mas cortito, (en relación a la extensión del texto, no a la importancia de su contenido) me tiene bastante animada, pues hace de las lecturas un proceso mucho más dinámico; sin detrimento de las profecías mayores, claro está. Hoy seguimos con el libro de Amós, atribuido al profeta hebreo que lleva su nombre, y quien era un pastor y productor de higos en Tecoa, en el límite del desierto de Judá. Su profecía estuvo dirigida hacía los habitantes del reino del norte, es decir, Israel; cuando Ozías era rey de Judá y Jeroboam II era rey de Israel. Los primeros mensajes de Amós fueron para las naciones vecinas de Israel y eran: Damasco, Gaza, Tiro, Edom, Amón, Moab, y finalizó con Judá e Israel. El juicio de Dios para todos ellos fue el mismo: Serían prendidos en fuego; si, asi mismo; fuego que arde, fuego que consume y fuego que finalmente destruye. En palabras de Dios contra Damasco, la nación había llegado al colmo de su maldad, por eso no sería perdonada; el país sería prendido en fuego, y el palacio, los portones de la ciudad y los reyes serían destruidos; mientras que todos sus habitantes serían deportados a otra nación. La nación de Gaza, había tomado como presos a pueblos enteros y en Edom los vendieron como esclavos; por eso se les prendería fuego a sus murallas y sus palacios quedarían hechos cenizas. El Señor destruiría a sus reyes y descargaría todo su poder en contra de sus ciudades hasta que todos murieran. Tiro tampoco escaparía de arder en llamas, todos sus palacios y murallas serían reducidos a las cenizas; lo mismo que con Edom, quienes habían perseguido a sus propios hermanos y los mataron sin ninguna compasión; dieron rienda suelta a su enojo, y siempre guardaron su rencor. Todos también serían hechos cenizas.

Los habitantes de Amón habían pecado una y otra vez y el Señor no permitiría que quedaran sin castigo, cuando atacaron a Galaad para extender sus fronteras, con sus espadas abrieron a las mujeres embarazadas; por lo tanto, Dios mismo haría caer fuego sobre sus muros y todas sus fortalezas serían destruidas. La batalla vendría sobre ellos con gritos, como un torbellino en una tormenta impetuosa; y su rey y sus príncipes irían juntos al destierro. La nación de Moab había profanado los huesos del rey de Edom, reduciéndolos a cenizas. Por lo tanto, sobre ellos y sobre su tierra también descendería el fuego, y todas las fortalezas de Queriot serán destruidas. Los habitantes caerían en el ruido de la batalla, y su rey y sus príncipes serían masacrados. Respecto a Judá e Israel el Señor también fue bastante claro, en Judá se habían rechazado las instrucciones del Dios todopoderoso; y todos se negaron a obedecer sus decretos. Se habían descarriado por las mismas mentiras que engañaron a sus antepasados, y por esa causa el Señor haría caer fuego sobre la nación y todas las fortalezas de Jerusalén serían destruidas. En Israel se pecaba una y otra vez de forma desmedida, vendían por dinero a la gente honrada y a los pobres por un par de sandalias. Pisoteaban en el polvo a los indefensos y quitaban a los oprimidos del camino. Tanto el padre como el hijo se acostaban con la misma mujer y así profanaban el santo nombre del Señor; en sus festivales religiosos estaban a sus anchas usando la ropa que sus deudores les habían dejado en garantía, en la casa de sus dioses bebían vino comprado con dinero de multas injustas. Después de que Dios los rescató de Egipto y los guió por el desierto, había escogido a algunos de los israelitas para ser profetas y a otros para ser nazareos; pero ellos hicieron que los nazareos pecaran, forzándolos a beber vino, y les ordenaron a los profetas que se callaran. Por tanto, todos ellos también iban a ser consumidos, y ni siquiera los guerreros más poderosos iban a ser capaces de salvarse; los arqueros no podrían mantenerse firmes, los más veloces no serían lo suficientemente rápidos para escapar. En aquel día, los hombres de guerra más valientes dejarían caer sus armas y correrían por sus vidas. Estas fueron las palabras del Dios todopoderoso. 

La Biblia en un año #Dia251

    
Alto de adoración semanal... 

¿Has pensado alguna vez que lo que Dios te pide es muy difícil de cumplir? Tranquilo, sé honesto, yo también lo he pensado. Ahora, pensemos por un momento en la petición para los tres últimos profetas que hemos leído esta semana, Daniel tuvo que entrar a un foso lleno de leones hambrientos, Oseas debió casarse con una prostituta y tener hijos con ella, y Joel debió ser perseguido por un ejercito de langostas; ¿Ahora sigues pensando que lo que te ha tocado es "demasiado fuerte"? Sin lugar a dudas, ampliar nuestra visión y observar lo difíciles de otras situaciones en tu entorno, te hacen cobrar animo y fuerza para sobrellevar tu propia carga, y justo eso sentí al leer estos pequeños pero aleccionadores libros. Dios tiene el control de la vida de sus hijos, y nada de lo que pide, quiere o hace, viene dado por un capricho de su alta posición de autoridad; siempre, siempre, en todos los escenarios y en todas las circunstancias será para mostrar su gloria; porque repito, solo somos instrumentos en manos del maestro. El Salmo N° 93, que leeremos en este día, confirma esta palabra, y se se titula: La majestad de Jehová; Él reina, se viste de magnificencia y poder, afirma el mundo y no se moverá. Él es el mismo ayer, hoy, y por los siglos de los siglos. Nada lo toma por sorpresa, nada lo agarra "fuera de base", y ese poder soberano y magistral, es el que nos hace creer con mayor sentido de pertenencia y confianza, que todos nuestros pasos son afirmados por su brazo poderoso. 

El salmista sabía muy bien que Dios es Rey, y, ¿Eso que significa? Que Él es quien gobierna; fuera de todo poderío y autoridad terrenal, Dios es y siempre será quien sujeta, ordena y rige el reloj de la humanidad. No temas amigo, hermano, cuando el Señor dio a sus profetas esas ordenes ciertamente desafiantes, siempre lo hizo pensado en su beneficio y en el beneficio de toda la nación de Israel; siempre fue para que su nombre fuese reconocido y exaltado como el único Dios de poder. Y así como estuvo con ellos en ese foso, en esa difícil unión matrimonial con una mujer adultera, y en esa dura invasión animal que provocó escasez, decadencia y desgracia, estará con todos sus elegidos. Las aguas pueden crecer, los diluvios rugen fuertemente como truenos, las inundaciones elevan sus impetuosas olas; pero más poderoso que el estruendo de los mares enfurecidos, más potente que las rompientes olas en la orilla, es el Señor; quien está en lo alto, más grande que todos éstos. Sus leyes no pueden ser modificadas, y su reino es santo por siempre y para siempre. ¡Aleluya!

jueves, 13 de octubre de 2016

La Biblia en un año #Dia250

   Joel 1-3

    Hoy en mi día doscientos cincuenta, vamos a leer el pequeño pero poderoso libro de Joel, cuyo autor es el segundo de los profetas menores, y estuvo encargado de anunciar el mensaje de Dios en el reino de Judá, después de la ruina del de Israel, y el transporte de las diez tribus a Asiria. Conocido por su profecía de devastación de la tierra por la langosta, Joel empieza su elocución diciéndole al pueblo que cuatro plagas de saltamontes vendrían sobre su tierra y acabarían con todas sus siembras. Esta plaga de langostas iba a invadir la nación como un gran ejercito, sus dientes tenían tanto filo que parecían leones furiosos. Debido a esta desgracia que había caído sobre el país, las viñas fueron destruidas y las higueras despedazadas; el trigo y el aceite se había terminado y los campos se secaron por completo. Los campesinos y los agricultores lloraban de tristeza pues se habían perdido las cosechas de trigo y de cebada; ya se habían secado los viñedos, las higueras, los granados, las palmeras, los manzanos y todos los árboles del campo; la gente misma había perdido la alegría. El propósito de Dios con toda esta plaga era mostrar simbólicamente a las langostas como la marcha de un ejército humano, respecto al juicio divino que traería Él contra la nación como castigo por todos sus pecados. Este ejército grande y poderoso se extendería sobre los montes, y caería sobre toda la tierra como las sombras al anochecer, no hubo antes, ni habría después, otro ejército que se le pareciera. Su caballería era como el fuego, que quemaba todo lo que encontraba; antes de su llegada, la tierra era un paraíso; después de su llegada, la tierra quedó hecha un desierto. Cuando la gente veía este poderoso ejercito temblaba y se ponía pálida de miedo, ellos eran como una banda de ladrones, que atacó por sorpresa la ciudad; escalaron las murallas, se treparon a las casas, se metieron por las ventanas hasta destruirlo todo. Al frente de este ejército, que era muy grande y poderoso, Dios dejaba oír su voz de mando, pues era Él mismo quien los comandaba para cumplir sus planes en la nación. 

    Como función característica en los profetas, Joel llamó al pueblo al arrepentimiento: ¡Arrepiéntanse ahora mismo y cambien su manera de vivir! ¡Lloren, ayunen y vístanse de luto! Arrepiéntanse y vuelvan a Él, les dijo; los alentó a buscar su presencia, a reunirse todos en el pueblo para adorar a Dios y a pararse frente al altar para clamar con lagrimas en los ojos por el perdón de sus pecados. Joel sabía que Dios amaba a los que se arrepentían (Lo hará siempre), Él volvería a tener compasión de ellos y los libraría de todos sus lamentos. Mi mamá siempre me dice que cuando lee el libro de Joel piensa mucho en Venezuela, y yo no pude evitar conmoverme ante tantas difíciles situaciones que vivimos como país; pero también toma aliento mi alma y me paro firme en esta palabra que dio el profeta a su pueblo: Patria mía, ¡no tengas miedo! Al contrario, llénate de gozo, pues Dios hace grandes maravillas; ¡sí, Dios hace grandes maravillas! Dios prometió enviar su Espíritu, si, ese que derramó Dios en el pentecostés; le dijo al profeta que los israelitas nunca más iban a ser humillados, y que cuando todo el juicio hubiese pasado, hombres y mujeres hablarían de parte suya; a los ancianos les hablaría en sueños y a los jóvenes, en visiones. También en esos tiempos daría su espíritu a los esclavos y a las esclavas, daría muestras de su poder en el cielo y en la tierra: Habría sangre y fuego, y grandes columnas de humo; el sol dejaría de alumbrar, y la luna se pondría roja, como si estuviera bañada en sangre. Esto pasaría antes de que llegara el maravilloso día en que Dios juzgaría al mundo, pero Él salvaría a todo aquel que lo reconociere como Dios. Amo todas estas profecías, no podía dejar de compartirlas. Dios juzgaría a todas las naciones enemigas que se habían burlado de Israel y de Judá, y a ellos los haría volver de las ciudades a donde habían sido llevado prisioneros. Israel sería rescatado, pues la ira del Señor nunca dura para siempre, no obstante, todas las naciones que se habían puesto en su contra serían cortadas y destruidas pues el culpables no quedaría sin castigo. Las ciudades de Judá y de Jerusalén serían habitadas de nuevo todo el tiempo, y su presencia se quedaría a vivir en el Templo para siempre. 


miércoles, 12 de octubre de 2016

La Biblia en un año #Dia249

Oseas 12-14 

Oseas le dijo al pueblo que Dios había iniciado su juicio contra ellos, y que era hora de castigar su mala conducta. Desde antes de nacer, Jacob, el antepasado del pueblo, engañó a su hermano; y cuando llegó a ser hombre Dios se le apareció en Betel; allí Jacob luchó con un ángel, ¡y consiguió vencerlo! Luego, con lágrimas en los ojos, le pidió a Dios que lo perdonara, y Dios lo perdonó. Dios es todopoderoso, y si los israelitas le pedían perdón, lo iban a tener; si actuaban con temor, amor y justicia, iban a obtener la victoria. Sin embargo, aunque los israelitas no conocían a Dios verdaderamente, Él si los conocía, y sabía que eran gente malvada y sin ningún tipo de remordimiento; nunca quisieron arrepentirse, nunca quisieron buscarlo, nunca quisieron dejar de rendir culto a dioses falsos, nunca quisieron cambiar su mala conducta, nunca quisieron adorar a Dios. Cuando Jacob se fue al país de los arameos, allí debió trabajar como pastor de ovejas para conseguir esposa; y por medio de un profeta, Dios cuidó de los israelitas y los sacó de Egipto; pero ahora, su conducta lo había hecho enojar tanto que los castigaría y les haría pagar sus crímenes y toda la maldad que habían cometido. Hubo un tiempo, cuando la tribu de Efraín hablaba y las demás tribus de Israel escuchaban con respeto; pero luego la gente de Efraín adoró al dios Baal, y esa fue su sentencia de muerte. A sus artesanos les pedían que hicieran toros de plata, y ellos los fabricaban a su gusto; besaban a esos dioses falsos y les presentaban ofrendas. Por eso, pronto dejarían de existir; se esfumarían como la niebla y como el rocío de la mañana. El viento los arrastraría como a hojas secas, como al humo que sale de la chimenea. 

Israel, cuidado y salvado por Dios, se llenó de orgullo apenas calmó su hambre en el desierto; por eso iban a ser tratados con la furia de un león. Tanto insistieron que Dios en su momento les dio el rey que pidieron, ellos creían que sus príncipes salvarían sus ciudades, pero, ¿dónde estaban esos reyes? ¿Y qué pasó con esos jefes? Ellos no podían librarlos de la muerte, ni de la física ni mucho menos de la espiritual. Cuantas naciones no están en estos precisos momentos esperando que su gobernante los salve, que ellos de algún modo puedan intervenir en sus asuntos internos y darles la paz que todos anhelan y quieren; quizás muchos ignorar que solo Dios con su gran poder puede tener compasión de su creación y llenar de su gloria a los hombres. Israel iba a volver a prosperar, pero por lo pronto, sería destruida como el viento del desierto que seca los manantiales. Entonces sus enemigos se adueñarían de sus ciudades y todos sus habitantes morirían en batalla. Con la promesa de restauración dada por Dios a los israelitas finaliza este libro, Él se comprometió a ayudarlos y prosperarlos; todos vivirían en paz y crecerían como un árbol fuerte que extiende sus hermosas ramas. El Dios todopoderoso les dijo: Yo seré quien los cuide y quien escuche sus oraciones. Yo les daré sombra como un pino, y en mí encontrarán bienestar. Este libro tiene un extraordinario mensaje final que todos deberíamos atender y en el cual debemos reflexionar: Si alguien es inteligente y sabio, debe prestar atención a este mensaje. Todo lo que Dios hace es correcto, y la gente buena sigue su ejemplo. Pero los malvados son desobedientes y por eso Dios los destruye. Santo eres tu mi Dios de Israel.