jueves, 27 de octubre de 2016

La Biblia en un año #Dia269

    Zacarías 5-6

Una vez que todos los cautivos habían regresado a su tierra, y que se enfrentaron a la ardua tarea de levantarse de las ruinas, hay algo muy puntual que Dios quería hacer con todos ellos: Purificarlos, limpiarlos de toda su maldad y refinar para sí, un pueblo nuevo y santo que le brindara obediencia y honor. La función del profeta Zacarías era clave en medio del cumplimiento de este propósito de Dios, pues debió, no solo animar a los judíos al nuevo levantamiento del Templo de Dios, sino que también debía alentarnos a ellos mismos a levantar nuevas vidas que fueran olor fragante delante del Dios de toda la tierra. En sus nuevas visiones, el profeta vio un rollo volador de diez metro de largo y cinco metro de ancho, que contenía  la maldición que cubriría toda la tierra a causa del pecado de los hombres. Además vio la mujer en el efa (canasta), una revelación que simbolizaba el pecado de toda la nación de Judá que iba a ser removido. La canasta estaba llena con los pecados de los habitantes de todo el país, y dentro de la canasta estaba una mujer sentada que se llamaba perversidad. El ángel de Dios empujó a esta mujer dentro de la canasta y cerró su tapa, entonces Zacarías miró hacia arriba y vi a dos mujeres que volaban hacia ellos, planeando con el viento; tenían alas como de cigüeña, y recogieron la canasta y levantaron el vuelo. Esas mujeres se llevaron la canasta hasta Babilonia, donde construirían un templo para la canasta, y cuando estuviese listo, colocarían la canasta allí sobre un pedestal.

Después de estas dos revelaciones, Zacarías tuvo otra visión acerca de cuatro carros de guerra, El primer carro era tirado por caballos rojos, el segundo por caballos negros, 3 el tercero por caballos blancos y el cuarto por poderosos caballos pintos o grises. Esos carros representaban los cuatro vientos del cielo, quienes siempre estaban al servicio de Dios, y ahora saldrían a recorrer todo el mundo. El carro de los caballos negros iba hacia el norte, el de los caballos blancos iba hacia el oeste, y el de los caballos pintos hacia el sur. Los caballos de pelo pinto estaban ansiosos por recorrer el mundo, y así lo hicieron. Estos carros representaban la inauguración del juicio de Dios sobre toda la tierra. Finalmente Zacarías recibió otro mensaje de parte de Dios, debía pedirle oro y plata a Heldai, Tobías y Jedaías, quienes habían sido llevados a Babilonia como esclavos, para hacer una corona que debía poner sobre Josué hijo de Josadac, que era el jefe de los Sacerdotes, pues eso representaría la venida de otro Sacerdote y Rey, el Mesías, quien se levantaría para reconstruir el Templo de Dios. Él se llamaría ‘Renuevo’, se vestiría como Rey, y ocuparía el trono de Dios para reinar. Después, esa corona debía ser puesta en el Templo de Dios, así Heldai, Tobías, Jedaías y Josías recordarían siempre su mensaje. Si ellos obedecían, otros vendrían de lejos y los ayudarían a reconstruir el santuario de Dios; y cuando eso sucediera todos sabrían que el Dios todopoderoso, había enviado a Zacarías a hablar en su nombre. Dios SIEMPRE cumple su palabra. 


miércoles, 26 de octubre de 2016

La Biblia en un año #Dia268

    Zacarías 3-4

El profeta Zacarías continúa compartiendo sus visiones nocturnas con el pueblo de Dios, y en esta ocasión, el ángel de Dios le mostró a Josué, el sumo Sacerdote, quien estaba delante del Señor;  y a la derecha del ángel estaba satanás, quien presentaba acusaciones en contra de Josué. Entonces el Señor le dijo a Satanás: Yo, el Señor, rechazo tus acusaciones, Satanás. Así es, el Señor que eligió a Jerusalén te reprende. Pues para Dios, el Sumo Sacerdote Josué era como un tizón en llamas que había sido arrebatado del fuego. La ropa de Josué estaba sucia cuando se presentó delante del ángel, y el ángel ordeno que a otros que estaban allí que le quitaran esa ropa sucia, y que él le daría ropa nueva y fina; lo que simbolizaba la limpieza de pecados que Dios quería hacer con todo el sacerdocio que dirigía a este pueblo. Luego le colocaron a Josué en la cabeza un turbante sacerdotal limpio y lo vistieron de ropas nuevas, mientras el ángel del Señor permanecía cerca. Entonces el ángel del Señor habló solemnemente a Josué y le dijo que si seguía sus caminos y le servía con cuidado, recibiría autoridad sobre su templo y sus atrios. Tanto Josué como el resto de sacerdotes, representaban una señal profética de lo que Dios quería hacer en su pueblo renovado; el Señor pondría delante de Josué una piedra de siete lados, y Él mismo grabaría en ella una inscripción. Luego, en un solo día, quitaría el pecado de toda la nación, y cuando ese día llegara, podrían todos los judíos convidarse unos a otros a disfrutar de paz a la sombra de sus vides y sus higueras. 

En otra visión del profeta, observó un candelabro de oro y dos olivos; el ángel de Dios que hablaba con él, lo despertó como se despierta a una persona que está dormida, y le preguntó que veía; el profeta le dijo que veía un candelabro de oro, con un depósito de aceite encima; en lo alto tenía siete lámparas, a las que llegaba el aceite por siete tubos; y junto al candelabro había dos olivos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Zacarías le preguntó al ángel su significado, y el ángel le dijo que era un mensaje de Dios para Zorobabel (gobernador de Judá), que decía: No con ejercito, ni con fuerza, sino con mi Espíritu; y que él reduciría a llanura los grandes montes, sacando la piedra principal, mientras gritaba la gente: ¡Qué hermosa es! ¡Qué hermosa!. Dios le dijo a Zacarías que Zorobabel era quien había puesto los cimientos del Templo y sería él quien lo terminaría, porque aquellos que no tomaron en serio los pequeños comienzos, ahora se alegrarían viendo a Zorobabel terminar las obras. Después de eso el ángel añadió que esas siete lámparas eran los ojos del Señor, que estaban recorriendo toda la tierra. Y los dos olivos, uno a cada lado del candelabro, y las dos ramas de olivo que estaban junto a los tubos de oro por donde llega el aceite a las lámparas, simbolizaban a los dos que habían sido consagrados para el servicio del Señor de toda la tierra. Estos eran, el Sacerdote y el rey, pues la era de sacerdotes corruptos y de los reyes que buscaban lo suyo terminaría y sería reemplazada con una época de renovada adoración, gobierno justo, y compañerismo cara a cara con Dios. En este punto de la lectura me encuentro: Esperanzada y animada. Justo el propósito que Dios quería cumplir a través del profeta en su pueblo, dando palabras de aliento en la difícil tarea de reconstruir su ciudad.


La Biblia en un año #Dia267

Zacarías 1-2

Continuando con las profecías posteriores al exilio de los judíos, aparece el mensaje de Zacarías, uno de los profetas menores, a quien se atribuye el libro que lleva su nombre. De acuerdo al contenido de este mensaje, se muestra que fue dado y escrito después de que los israelitas volvieran del destierro babilonico, y que este profeta se une al profeta Hageo para animar a los obreros a que finalicen lo que han empezado: La reconstrucción de la casa del Mesías. Ya habían transcurrido los setenta años del cautiverio, y de regreso en Judá, se encontraba una nueva generación de israelitas, recuperándose y siguiendo adelante. Estando allí, el Señor les comunicó que a pesar de que en el pasado Él estuvo muy enojado con sus antepasados, estaría dispuesto a perdonarlos a todos ellos si se humillaban delante de Él. En este nuevo llamado a los judíos de volverse a su presencia, el Señor le mostró en sueños a Zacarías varias visiones para exhortarlos a una verdadera y genuina conversión, entre ellas, vio a un ángel que teniendo una conversación con Dios, le preguntó cuando tendría nuevamente compasión de su pueblo, el Señor le dijo al ángel, con palabras muy amables y tranquilizadoras, que Él amaba mucho a Jerusalén, y a su Templo; y que, aunque por algún tiempo estuvo airado con su ciudad, iba a reconstruirla nuevamente y también su santuario de adoración; así le mostraría a todos cuanto los quería y cuanto deseaba perdonarlos. Ese ángel que apareció en los sueños de Zacarías y que habló con Dios, también ordenó al profeta que anunciara de parte de Dios a los israelitas, que Él les devolvería la prosperidad; mostraría amor por su Templo, y Jerusalén volvería a ser su ciudad elegida.

Zacarías también recibió la revelación de que La ciudad de Jerusalén tendría tanta gente y tanto ganado, que no tendría murallas. El Señor sería para ella como una muralla de fuego y la llenaría de riquezas. Él fue quien había dispersado a los israelitas por muchas naciones del mundo, y por lo tanto, también era quien tenía toda la autoridad para llamarlos del destierro, y así lo hizo; ellos salieron de Babilonia con alegría y volvieron a habitar su ciudad. El Dios todopoderoso envió a Zacarías a acusar a las naciones que le robaron todo a Jerusalén, porque Él iba a castigarlas por su maldad. Declaró que quien le hacía daño a su pueblo, se lo hacía a Él; y por tanto, haría que sus propios esclavos se pusieran en su contra y les robaran sus pertenencias. Cuando las palabras de Dios mediante el profeta Zacarías se cumplieran, todas esas naciones reconocerían que el Señor era el Dios todopoderoso, y los judíos gritarían de alegría porque la presencia del Señor habitaría entre ellos para siempre. Cuando ese día llegara, muchas naciones seguirían a Dios, entonces Él viviría entre ellas y llegarían a ser también su pueblo. (Aquí entramos nosotros). Cuando todo eso sucediera, ellos sabrían que fue el Dios todopoderoso quien envió a Zacarías a anunciar su mensaje; porque profecía que se cumple, sin duda alguna, viene de Dios. Estos hechos y aún los anunciados a nuestros días son completamente verificables, solo hace falta tiempo para ver si se realizan o no. En este caso, tal y como lo predijo el profeta, Judá volvió a ser propiedad de nuestro Dios, y Jerusalén volvió a ser su ciudad elegida.



La Biblia en un año #Dia266

Hageo 1-2

Hoy vamos a comenzar a leer al profeta Hageo, y con él, dejaremos los anuncios referentes al juicio de Dios sobre su nación y sobre las demás naciones de la tierra, para partir hacia la reconstrucción del Templo en Jerusalén; durante el retorno de los israelitas a su pueblo en el segundo año de gobierno de Darío, rey de Persia. De acuerdo a lo narrado en el mensaje de este profeta, mientras los israelitas vivían en lujosas casas, el Templo del Señor permanecía en ruinas; lo que causó en Él mucho malestar y decepción. A causa de esta situación, el Señor hizo que los cielos retuvieran el rocío y la tierra no produjera sus cosechas; y eso ocasionó que los judíos al sembrar sus campos, cosecharan poco; de este modo, comían, pero no quedaban satisfechos; bebían, pero quedaban con sed; y sus salarios desaparecían como si los echasen en bolsillos llenos de agujeros. El mismo Dios mandó una fuerte sequía sobre sus campos y colinas para que destruyera el grano y para que no permitiera que ellos y sus animales se alimentaran correctamente. Entonces Zorobabel, quien para ese tiempo se encontraba gobernando en Judá, el sumo sacerdote, y todo el remanente del pueblo de Dios, comenzaron a obedecer el mensaje del Señor, quien los animó y despertó el entusiasmo en todos ellos para comenzar a trabajar en el levantamiento de su casa. Sin embargo, el esplendor de este nuevo Templo no agradó al Señor porque no se comparaba con el anterior, por lo que animó nuevamente a Zorobabel, al Sumo Sacerdote y a todo el remanente de Judá, a que pusieran manos a la obra y pudieran esforzarse un poco más en su reconstrucción. También les dijo que no temieran pues Él, estaría con ellos. 

Durante ese tiempo, el Señor quiso purificar para sí, no solo un Templo nuevo de cimientos y bases firmes que fuese hermoso en todo su esplendor, sino que también, quería un nuevo pueblo, santo, fiel y obediente a su palabra. Mientras el nuevo Templo no había sido levantado, a causa de la propia indiferencia de los hebreos, el Señor obstaculizó el fruto de sus cosechas, de manera que no podían producir de forma adecuada para su sustento; pero justo en el tiempo en el que decidieron obedecer la voz de Dios, y comenzar a reconstruir el Templo nuevo, todo fue diferente. Dios mismo iba a bendecirlos, y daría frutos a sus árboles, uvas a sus viñas y trigo a sus graneros. Ya no iban a haber más plagas ni granizo que destruyera el fruto de su trabajo, porque donde hay obediencia y fidelidad a Dios, hay prosperidad en todos los sentidos. El Señor le dijo a Zorobabel, y a todos los habitantes del pueblo que la plata y el oro eran suyos, y que haría temblar los cielos y la tierra, los océanos y a todas las naciones, para que llevaran al Templo todos sus tesoros y riquezas, así sería reconstruido en la forma que Él quería y todo el lugar sería lleno de su Gloria; tanto así que la futura gloria de ese Templo sería mayor que su gloria pasada. Nuestro Dios es un Dios de excelencia, grande y magnifico; y lo que ofrecemos a Él, bien sea de orden espiritual o material, nunca puede ser a medias. Hoy, cuando podemos estar luchando contra circunstancias desafiantes y que pueden alterarnos en algunos sentidos, debemos buscar primeramente al proveedor, y no la provisión. Ese Dios excelentísimo y altísimo quiere darnos todo lo que tiene para que le honres, y resulta que todo es suyo. Así que, obedece, anímate, entusiasma a todos a tu alrededor, pon manos a la obra, no escatimes, y no olvides que ya Dios lo tiene todo preparado para darte la victoria en lo que te ha llamado a hacer y en lo que te permita vivir. No vas solo, vas con Él.


La Biblia en un año #Dia265

Alto de adoración semanal...

Hoy me doy cuenta de que ya solo faltan 100 días para terminar este reto, 100 lecturas más y habré completado mi gran propósito de este año 2016; leer la Biblia completa en un año. Lo digo y siento que me brillan los ojos jaja Después de que conocí al Señor, siempre tuve la inquietud de hacerlo, creo que era su mismo Espíritu Santo quien me persuadía, pero entre una cosa y otra, fallaba en mis intentos. Hoy, a pesar de no haber concluido aún, estoy muy contenta porque cada día me siento más y más animada a seguir adelante, se cumple en mi la palabra que dice que Dios es quien produce en sus hijos tanto el querer como el hacer. Y que hermoso ha sido no solo haber deseado esto, sino también, HACERLO. Una meta sin un plan, es solo un sueño, y para ver los anhelos materializados hace falta disciplina, constancia, responsabilidad y mucha disposición. Con pequeñas lecturas de un día, cada día, he podido acercarme a la meta y sé, en fe, que lo lograré. Durante estos días de incesantes profecías, terminamos de leer los anuncios de juicio para el pueblo de Dios para avanzar hacia la lectura del periodo post-exílico de la profecía de Israel; es decir, después del retorno de los judíos a su tierra. Pero antes, meditaremos en el salmo número 98, una lectura que declara una verdad inexorable: Dios es justo. Él se acordó de Israel, su pueblo amado, y desde lejanas tierras los hizo regresar; con su brazo fuerte y poderoso venció a todos sus enemigos. Alabemos con todas nuestras fuerzas hoy y siempre a nuestro Dios, cantemos con alegría a nuestro Rey; ¡Al son de clarines y trompetas! Que se unan en alabanza el mar y todo lo que contiene, el mundo y todos sus habitantes. Que aplaudan los ríos, y canten alegres todos los cerros; que canten delante de Dios, que viene para gobernar el mundo. Él es un Dios justo, y gobernará con justicia a todos los pueblos de la tierra.


martes, 25 de octubre de 2016

La Biblia en un año #Dia264

Sofonias 1-3

Arribamos al noveno libro entre los doce profetas menores, Sofonías, quien es mencionado en el mismo libro como tataranieto del rey Ezequías, por lo que pudiera ser que al igual que Isaías, fuera miembro de la familia real. De acuerdo al análisis del contenido del libro, su actividad profética se desarrolló en el reinado de Josías en Judá, donde nuevamente el Señor anuncia el juicio venidero contra esta nación, que vehementemente ha humillado y despreciado su santo nombre. El Señor advirtió que aplastaría a Judá y a Jerusalén con su puño y destruiría todo rastro del culto a Baal. Acabaría con todos los sacerdotes idólatras, para que se borrara hasta su recuerdo; pues ellos subían a las azoteas y se postraban ante el sol, la luna y las estrellas. Decían seguir al Señor, pero al mismo tiempo rendían culto a Moloc; por eso, el Señor destruiría a todos los que antes lo adoraron, pero que habían dejado de hacerlo. El Señor había preparado a su pueblo para una gran matanza y había seleccionado a sus verdugos para hacerlo. En ese día de juicio, castigaría a los líderes y a los príncipes de Judá y a todos los que seguían costumbres paganas; y a los que llenaban las casas de sus amos con violencia y engaño. Dios declaró que buscaría con linternas en los rincones más oscuros de Jerusalén para castigar a quienes descansaban cómodos con sus pecados y pensaban que el Señor no les haría nada; por eso serían despojados de sus posesiones y sus casas serían saqueadas. Construirían nuevas casas pero nunca vivirían en ellas. Plantarían viñedos pero nunca beberán su vino. Ese terrible día del Señor estaba cerca, vendría de prisa, un día de llanto amargo; un día cuando aun los hombres fuertes clamarían. Sería un día cuando el Señor derramaría su ira, un día de terrible aflicción y angustia, un día de ruina y desolación, un día de oscuridad y penumbra, un día de nubes y de negrura, un día de sonido de trompeta y gritos de batalla. Caerían las ciudades amuralladas y las más sólidas fortificaciones por haber pecado contra el Señor. Ni su plata ni su oro los salvaría en el día de la ira del Señor; pues toda la tierra sería devorada por el fuego de su celo. Él daría un final aterrador a toda la gente de la tierra.

En medio de un llamado al arrepentimiento, en el cual Sofonías animó al pueblo a reunirse y a humillarse delante de Dios obedeciendo sus mandamientos, también se inició el juicio en contra de Filistea, quien también recibiría la intensa furia de Dios. El Señor los destruiría hasta que no quedara ni uno de ellos; la costa filistea se convertiría en pastizales desiertos, un lugar en el que acamparían los pastores con corrales para ovejas y cabras. También los moabitas y los amonitas serían enjuiciados, pues ambos se burlaron del pueblo de Judá y en medio de su desgracia, invadían sus fronteras. Moab y Amón serían destruidos, aniquilados por completo, igual que Sodoma y Gomorra. Su tierra sería un lugar de ortigas, de pozos de sal y de desolación eterna. El remanente de los judíos los saquearía y tomaría su tierra. Los etíopes también serán masacrados por la espada de Dios y con su puño golpearía a las tierras del norte para destruir a Asiría; quien se convertiría en una tierra desolada y baldía, reseca como un desierto. Qué aflicción le esperaba a la rebelde y contaminada Jerusalén, la ciudad de violencia y crimen; nadie podía decirle nada pues rechazaba toda corrección. No confiaba ni se acercaba a Dios. Sus líderes eran como leones rugientes en cacería de sus víctimas; sus jueces eran como lobos voraces al anochecer, que para la mañana no habían dejado rastro de su presa. Sus profetas eran mentirosos y arrogantes, en busca de su propia ganancia; sus sacerdotes profanaban el templo al desobedecer las instrucciones de Dios. Sin embargo, declaró el Señor acerca de Jerusalén, que estaba en ella para hacerle bien y no para hacerle daño, pues Él era un Dios bueno y de justicia. Él los castigaría, pues no podía dejar en ninguna forma impune sus acciones violentas y perversas; pero también los salvaría y no los volvería a avergonzar nunca más. En ese tiempo expulsaría de ellos a los que se creían muy importantes, y en su pueblo no habría lugar para los orgullosos; en sus calles sólo habría gente humilde y sencilla, que pondría en Dios su confianza. Los pocos israelitas que hubiesen quedado con vida no cometerían ninguna maldad; no mentirían ni engañarían a nadie, sino que vivirían en paz y sin ningún temor. Sofonías, les dijo: ¡Canten de alegría, israelitas! ¡Alégrense, habitantes de Jerusalén! Dios prometió poner fin a la desgracia que sufrían y a la vergüenza que sentían; no debían perder el ánimo a pesar de la tragedia, pues el Señor estaría con ellos y con su poder los salvaría. Cuando llegara ese día, el Señor ayudaría a los indefensos, y castigaría a quienes los maltrataban. El cambiaría el porvenir de los que anduvieron dispersos y los haría volver a su tierra. Recordemos hoy y todos los días: Los cautivos. ¡Volverán!


La Biblia en un año #Dia263

 
 
Habacuc 1-3

Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación. Estas palabras son una de las mayores afirmaciones de esperanza y confianza en Dios, que seguramente todos los hijos de Dios hemos declarado en algún momento, y que fueron magistralmente proclamadas por el profeta hebreo Habacuc, mientras las potencias mundiales de la época conquistaban pueblos, territorios y riquezas; dejando a las víctimas tiranizadas, saqueadas y masacradas. Este libro empieza con un dialogo entre el profeta y Dios, en el cual Habacuc se queja por la injusticia en la cual está viviendo; a su alrededor él solo veía pleitos, peleas, violencia y destrucción. Nadie obedecía los mandamientos de Dios y nadie era justo con nadie; los malvados maltrataban a los buenos, y por todas partes había atropello e inmoralidad. ¿Hasta cuando tendré que ser testigo de esto? Preguntó el profeta, y Dios le dijo que levantaría al pueblo de los caldeos, nación cruel y presurosa, para adueñarse de las tierras de Judá y así, hacerlos pagar por sus pecados. Ellos vendrían sin tregua y decididos a la violencia; avanzarían por todo el mundo conquistando territorios y arrasando como el viento del desierto. Luego de conocer los planes de Dios, Habacuc volvió a quejarse, esta vez por lo que Dios había decidido hacer; creo que le pareció mas duro y difícil el remedio, que la enfermedad. El profeta le dijo al Señor que sabia que Él usaría a los caldeos para castigar a su nación por su perversidad, pero le pidió que por favor no permitiera que los destruyeran sin compasión y que no mataran a los que eran buenos, pues Él era un Dios santo, que no soportaba la maldad.

El Señor le dijo a Habacuc que aunque el pueblo de los caldeos se mantuviera orgulloso confiando en sus vidas torcidas, les esperaría una aflicción muy grande, de la que todos sus cautivos se burlarían. El día que menos lo esperaran, sus víctimas se vengarán de ellos; los harían temblar de miedo y le quitarían todo lo que tenían. ellos habían robado a muchas naciones, pero en su momento esas naciones los robarían a ellos y así pagarían todos sus crímenes y toda su violencia en contra de Judá y de sus habitantes. De nada iba a servirle a esta nación el haber construido sus ciudades mediante el crimen y la violencia, porque Dios mismo quemaría todo lo que habían hecho, y toda la gente reconocería que suyo era el poder. El Señor comunicó estos planes a Habacuc para que pudiera tomar aliento y tener confianza en lo que Él había decidido hacer para vengar el honor de su pueblo, y además le dijo que escribiera todo lo que le había dicho en unas tablas de madera para que el mensaje pudiera leerse sin errores. El Señor le dijo al profeta: Todo lo que te he dicho tardará un poco en cumplirse, pero tú no te desesperes; aún no ha llegado la hora de que todo esto se cumpla, pero puedo asegurarte que se cumplirá sin falta. Finalmente Habacuc oró a Dios y acompañó su oración con una melodía especial; le pidió que su nación pudiera volver a ver en sus días los grandes hechos que Él había hecho en otros tiempos, y le dijo que si se enojaba contra ellos, no dejara de tenerles compasión. El profeta sabía que aunque la nación enemiga los atacaría con la furia de una tempestad para dispersarlos y destruirlos, y que los dejaría indefensos; Dios mismo saldría a rescatar a su pueblo y montado en su caballo, marcharía sobre el agitado mar en su defensa. Por esta razón, el quejumbroso profeta, decidió esperar con paciencia por ese día en el que el Señor castigaría a todos los que los habían destruido; y es aquí donde proclamó la preciosa declaración de certeza que leímos en principio, la misma que nos permite hoy día asegurar, que la única manera de seguir en pie ante las fuertes y desafiantes batallas terrenales, es mediante una inquebrantable vida de fe. Jehová el Señor es nuestra fortaleza, El cual hace nuestros pies como de ciervas, y en nuestras alturas nos hace andar.